No nací en un centro comercial,
no vi a las ovejas pastar a mi alrededor.
Orfeo, un viejo conocido,
no coronó mi cabeza de guirnaldas.
Mis abuelos se atendían en La Jolla
y mi padre era el gerente de cervecería.
La Roma estaba distante
y no todos los caminos conducían a La Cinco y Diez.
El cine me acompañó los jueves;
veía cintas de aventuras que aligeraban el tedio de mis días.
Nunca imaginé los puertos, plazas y callejones
que, con el correr del tiempo, iría a conocer.
No viví la guerra, pero sí sus oscuras consecuencias.
Mi vida transcurrió en una apacible bahía de aguas tranquilas.
Sin embargo, lejos de la superficie, en lo profundo,
las corrientes eran turbias y violentas;
en ellas habitaban los seres que poblaban mis pesadillas.
Yo era un niño fantasioso que iba de la mano de su madre,
un hijo de familia con dos abuelos,
un padre jovial
y unos perros que correteaban por el patio.
Han pasado los años,
he leído y visto muchos naufragios.
Las ovejas pastaron en campos distantes,
en soberbias elegías que me tocó en suerte leer.
Ahora, que no estoy solo
ni cruzo estrechas veredas por montes lejanos,
escribo esto sentado en una banca de un centro comercial.
Se trata de mi ciudad,
de los leñadores micénicos o japoneses de Robert Hass
o de mis lecturas de los cuentos de Chéjov;
esas historias tan provincianas
que explican tan bien el poema que hoy escribo. ~
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