Mantener el equilibro entre sátira y empatía fue una de las grandes virtudes literarias de José Agustín. Fue un profanador de templos, pero cometió sacrilegios renovadores.
A Chéjov, como a varios autores de su época, le enamoraba el buen gusto y, claro está, despreciaba el mal gusto. En ese campo dejó lecciones imperecederas.