La ciudad sabe a mar,
de capanazos de salitre,
mece los brazos largos de sus sauces,
lame los ateridos huesos de sus plátanos,
se escapa en una enmarañada deserción.
Mueve los pies frenética en el cielo,
baila en el viento y en el agua,
y zapatea sus choclos con la lluvia, tap, tap.
Corre desesperada de callejón en callejón,
huye como si fuera la misma niebla,
y se va a pique con todo su ruidero.
Y más abajo el alma humana, se humareda,
su chimenea,
su montón de infiernillos y discordias,
sus mil pasos prendidos a cada día.
Un inmenso mar de luciérnagas,
el puerto,
sus hombres y mujeres.-
La invención del pasado
Para celebrar los veinte años del intento de golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, el gobierno de Hugo Chávez organizó un fastuoso desfile militar. No podía ser de otra manera. Cualquier…
Un míster en la bola
Egresado de Harvard, de familia próspera, el inquieto John Reed, de veintiséis años, decidió abandonar la vida que tenía asegurada en Nueva York (la…
Derechos indígenas
Son raras y escasas las personas que creen seriamente que la iniciativa de la Cocopa de 1996 sobre derechos y cultura indígenas puede atentar contra la soberanía nacional o…
RELACIONADAS
NOTAS AL PIE
AUTORES


